El Garaje Clásico de Don Antonio Hernández Gutiérrez

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Hoy nos abre las puerta de su garaje Don Antonio, uno de los grandes de la restauración, que nos presenta unas joyas que no pueden pasar desapercibidas para nadie.

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La idea de colección como tesoro, quizás se remonte a la propia historia del hombre, una acumulación que produce prestigio y satisfacción de lo poseído, quizás sea una actividad muy ligada a nuestra naturaleza humana, quizás también pueda ser un impulso creativo que desate nuestros más sutiles instintos de creatividad, conscientes o no de saber que nuestros retos y constancias de apego y cariño de nuestra tenencia puedan también satisfacer a quien las vea. Pero si además trabajamos por mucho tiempo, incluso décadas, en conservar y restaurar nuestros tesoros, seguro que por lo menos se duplica la satisfacción dando sentido a los retos y decisiones que tomamos. Con la mejor de las intenciones, valga esta introducción, para todos aquellos coleccionistas y conservadores de vehículos antiguos y clásicos, que, desde hace más de un siglo, guardan un trozo de historia en sus garajes. Aquí nos encontramos a don Antonio, uno de los grandes de la restauración, que nos presenta unas joyas que no pueden pasar desapercibidas para nadie.

Entusiasta de los coches antiguos más que de los clásicos, amablemente nos abre las puestas de su garaje un hombre hecho a sí mismo, aunque suene a tópico, pero su autodidacta formación y un cúmulo de casualidades ligados a su intuición, fueron y son más que suficientes para que en el otoño de su vida, disfrute de sueños hechos realidad, y entre esos sueños está la afición de la restauración y conservación de unidades automovilísticas que procuraré detallar para los lectores de esta revista.

Han sido muchos los coches que han pasado por sus manos, y muchos más los que han quedado en el camino. Empezaremos con la más reciente de las restauraciones, motivo de mi curiosidad y que casi está a punto de rodar nuevamente por las calles después de 18 años de inactividad, ya que una pieza mecánica la cual no se quiso sustituir sino restaurar y así conservar al máximo su originalidad, tardó más tiempo de lo esperado. Vemos un Fiat 501 Torpedo de 1919 que originalmente circuló con la placa TE-613 y que curiosamente en 1927, al dividirse Canarias en dos provincias, le correspondió el mismo número de placa, quedando tal como antes.

Nos vamos ahora a la penúltima restauración, a la que yo llamaría reto, pues de una acumulación de hierros, unas cuantas fotografías de la época, estudios de documentos, viajes a Francia en busca de repuestos y un sesudo empeño de más de 4 años, surge un elegante Berliet salido de fábrica el 27 de octubre de 1910, matriculándose en Tenerife en 1911 con la placa TE-79 para después ser el TF-46. Desde hace tres años rueda como antaño lo hiciera por las mismas calles de su estreno, y del cual se supone que es el coche más antiguo de Tenerife que sigue en activo. Puede que haya otros más antiguos, pero por su perfecto estado de revista y circulando, este se lleva la palma.

De 1925 es el Chevrolet roadster, doble asiento y pequeño maletero (muy usado por los médicos y popularmente llamado Chevrolet DC), rescatado de una plantación de plátanos en estado deplorable hace ya más de 40 años, siendo este el primero de la colección de don Antonio, con la particularidad del ahítepudras o asiento opcional. Continuamos con Whipper 96-A de 1929 rematriculado en 1946, que a pesar de cuando se adquirió no estaba en tal mal estado, su restauración fue integral.

Un precioso Chrysler Six Phaeton de 1931, también con mucho tiempo de dedicación, quizás sea con el que más ha disfrutado su propietario en su terminación, y quizás también es el más querido, pues su elegante diseño hace de esta máquina posiblemente uno de los más bonitos de esta colección, además de contar con algunos premios. Después de una total rehabilitación de más de cinco años de trabajo, vemos un precioso Studebaker de 1925 matriculado en 1927, increíble trabajo después de ver unas fotos de hierros amorfos rescatados de algún incierto limbo hace más de 40 años y que ahora luce su exquisito porte. Don Antonio disfruta explicando amenamente cada detalle de su trabajo y las dificultades por las que pasó para llevarlas a cabo, detalles que han sido años de experiencia y que ha sabido trasmitir a sus hijos, los cuales heredaran no solo un trozo de historia sino también el orgullo de saber quién relucientemente se las puso en sus manos.

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