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Padre e Hija a Fondo, de los Rallyes de Regularidad al Circuito con un Fórmula Clásico

La historia de esta familia no comienza en un circuito ni en una asistencia de rallye, sino en un garaje. Ese espacio que, para muchos, es solo funcional, para ellos fue el primer 'circuito emocional'. Entre herramientas, una libreta llena de rutas dibujadas a mano, y un coche con curvas tan bonitas como su historia: un Audi TT Mk1 negro, de los primeros, con ese aire atemporal que solo los buenos diseños logran mantener con dignidad casi 3 décadas después. Ahí empezó todo. No con un rugido de motor, sino con una conversación, un par de guantes, y una llave girando en el contacto. El coche encendía algo más que su motor: encendía una conexión entre padre e hija que se afianzaba no solo en el amor por el automóvil, sino en la necesidad compartida de pasar tiempo juntos. Lo que parecía una simple afición más, una excusa para salir los fines de semana y hablar de coches, pronto se convirtió en algo mucho más profundo: un viaje compartido al corazón del automovilismo. Sin saberlo, ya estaban en marcha. "El TT era un capricho razonable", cuenta el padre, con media sonrisa y una mirada que se va a algún lugar entre la nostalgia y el orgullo. 

"Tenía ganas de un coche con algo de carácter, que nos sirviera para disfrutar... y para enseñar. Quería que mi hija lo viviera conmigo". Y lo vivieron. Empezaron con rutas locales, paseos tranquilos por carreteras secundarias donde el tiempo parecía estirarse. Carreteras que serpenteaban por la Serranía de Cuenca, pueblos detenidos en el tiempo y estaciones que se sucedían en el cristal del parabrisas. Durante esos trayectos, entre silencios cómodos y conversaciones largas, algo hizo clic. En una de esas curvas, la hija preguntó por qué tantos coches clásicos llevaban pegatinas con números y fechas. Su padre, entre risas, le explicó que existía un mundo llamado "rallye de regularidad", donde la velocidad no lo es todo, pero la precisión, sí. Ella lo miró seria, pensativa, y lanzó la frase que cambiaría el rumbo de sus fines de semana: - ¿Y si lo probamos?

La primera participación fue como aterrizar en otro planeta. La atmósfera del parque cerrado, las tripulaciones con décadas de experiencia, los copilotos con cronómetros analógicos colgando del cuello como relojes de bolsillo modernos, los roadbooks crípticos llenos de flechas y distancias... y ellos dos, con su ilusión, un cronómetro digital, y muchas ganas de aprender. El padre al volante. La hija como copiloto. Una dupla novata que desde el primer tramo entendió algo esencial: Aquí no gana quien más corre, sino quien mejor se entiende. "Aprendimos a escucharnos, a leer la carretera, a anticiparnos", recuerda ella. "Y también aprendimos a equivocarnos. A perdernos. A llegar tarde. Y a reírnos de esos errores cuando acababa la etapa". Cada prueba fue una escuela. Curvas ocultas, tramos secretos, enlaces eternos, medias imposibles. Y entre tanto cálculo y concentración, nació algo nuevo: una complicidad que iba más allá de la afición. El salón de casa se convirtió en centro de operaciones. Mapas sobre la mesa, discusiones sobre cómo interpretar una nota, preparativos minuciosos. El TT fue cambiando poco a poco, casi sin que se dieran cuenta: mejores neumáticos, suspensión revisada, una atención al detalle que solo se consigue cuando el coche deja de ser una herramienta y pasa a ser parte de la familia. Pero como ocurre siempre con las grandes pasiones, el horizonte no se detiene. El mundo del motor tiene ese peligro: 'engancha'. Y una vez te atrapa, te pide más.

 

Después de varios rallyes modestos pero inolvidables, llegó la pregunta inevitable: - ¿Y en circuito? ¿Cómo será eso? La oportunidad llegó por casualidad, como suelen hacerlo las cosas que cambian la vida. Fue tras una conversación con Paris Francés, de Fórmula Vintage, que se nos abrió la puerta al mundo de los monoplazas clásicos y su magia en los circuitos. Fascinados por ese universo, decidimos dar el salto y adquirimos un Fórmula Toyota, uno de los últimos que quedaban en manos de Javier Morcillo, de la Escuela Española de Pilotos. Un coche escuela con alma japonesa y chasis ágil, con lo justo y necesario para aprender lo que el TT, por muy noble que fuera, no podía enseñar: el paso por curva sin miedo, las frenadas al límite, la sensación pura de velocidad sin carrocería que amortigüe el viento ni la adrenalina. En unos meses llegará al garaje familiar. El mismo garaje donde empezó todo. Será un nuevo comienzo, pero también una continuidad.

Ahora será la hija quien se ponga el casco y tome el volante. El padre la observará desde el muro, cronómetro en mano, con una mezcla de nerviosismo, orgullo y esa melancolía callada que solo los padres entienden. "Verla pilotar un fórmula... no lo imaginé nunca. Pero ahora es lo más natural del mundo", confiesa él. Y ella responde, sin dudar: "Si no fuera por el TT, no hubiera descubierto que esto me apasiona. Esto no va de coches. Va de cómo nos empujamos el uno al otro a ser valientes". Mientras el Fórmula Toyota se prepara para rugir en los circuitos, el Audi TT sigue escribiendo su capítulo en los rallyes de regularidad. Porque no hay necesidad de abandonar uno para abrazar el otro. Son lenguajes distintos, pero la historia es la misma. Cada disciplina revela algo nuevo. Cada cambio de marcha deja una enseñanza. Cada tramo tiene su propia narrativa. Pero lo importante no son los coches. Ni los tiempos. Ni los trofeos. Lo importante es lo que queda en el retrovisor: todas esas horas de complicidad, los nervios antes de una salida, los silencios entre curvas, las risas tras cada error, los abrazos al final de la carrera. Esta no es solo la historia de un TT y un Fórmula. Es la historia de una familia que decidió no mirar las carreras desde la barrera. Que convirtió el asfalto en una vía de comunicación. Que descubrió que lo más rápido no siempre es lo más importante, pero sí lo más vivido. Y que, sin querer, trazó una ruta que va mucho más allá de cualquier línea de meta.

David Prieto Lozano

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