La conquista de la movilidad: del s.XVII al XX

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El término automóvil nació, ni más ni menos, para distinguir a los vehículos a motor de los de tracción animal.

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Siglos XVII al XIX. El término automóvil nació, ni más ni menos, para distinguir a los vehículos a motor de los de tracción animal. Los autos tienen sus antecedentes en 1678, cuando ya hubo un intento por parte de Verbiest. London Steam Carruage, de Richard Trevithick, sería una especie de artilugio de aspecto de coche de caballos; apareciendo el primero de esta nueva especie en potencia (a vapor, por supuesto), en 1769; se trata del Fardier, de Nicholas Cugnot. La propulsión pasó del vapor, dando un primer salto a la electricidad hasta que, andando el tiempo, llegó a la gasolina. Pero aún estamos en los inicios y tras una multitud de vicisitudes propias de una industria naciente, llegamos a mediados del siglo XIX con muchos experimentos y pocos avances, pero con algo de luz, naciendo en Alemania un vehículo a motor de combustión interna.

Esta furgoneta a vapor con un motor de 3 cilindros, participó en la carrera París-Rouen en 1894

Los prolegómenos de todo esto quedarían resumidos de la siguiente manera: En la denominada Etapa del Vapor, el ya aludido Nicolás Joseph Cugnot (1725-1804), escritor e inventor que dio un paso al frente decidido. Los vehículos impulsados a vapor venían ya de atrás, con antecedentes en los siglos XVII y XVIII. Otras figuras de aquel momento fueron W. Murdoch, Trevithick o Hancock. En el uso del petróleo se encuentra J. Bozek, 1815; así como E. Lenoir, N. Otto, S. Marcus, G. Baldwin, K. Benz, G. Daimler, R. Diesel... Entre el eléctrico, el pionero fue en 1832 Robert Anderson. Era más ligero, silencioso, pero de limitadísima autonomía, pues entonces no había recargadores como ahora. En 1860, E. Lenoir patentó el primer vehículo motor combustión interna gasolina. En 1881 aparece un coche eléctrico, dándose el caso, a los pocos metros de haber emprendido su acción, de sufrir una explosión. Hay que considerar, a partir de entonces, la llegada de dos años emblemáticos para la automoción, 1886 y 1889. En el primero de los citados se consigue patente para vehículo a motor de gas, Patent-Motorwagen para un prototipo de sólo tres ruedas de radios, un cilindro, eje trasero, “timón”, y asiento corrido de dos plazas, por parte de Karl Benz, logrando recorrer con su invento un espacio, para entonces extensísimo, de 96 kilómetros; sufriendo anulación aquel año 1886 otras ideas. Pero otras ideas más avanzadas para la época siguen el camino del éxito, y en 1888 se produjo el primer viaje de “larga distancia”, creándose el primer coche de cuatro ruedas con motor de combustión interna. Inscribe G. Daimler la patente del motor de dos cilindros en V. Ante este panorama, se alcanza el emblemático año 1889, donde en la Exposición Universal de París se presenta al automóvil en público; apareciendo en la última década del siglo XIX firmas tan míticas como “Michelín”, con los neumáticos, y Henry Ford funda su factoría en los EEUU de Norteamérica. Aparecen, pues, a finales del vigésimo nono, fábricas míticas como Panhard (1889), Peugeot (1891)… y Henry Ford. Tras el “Quadricycle”, llegaría, aunque ya en 1908, su gran modelo “T”.

Siglo XX. En 1899 y sus prolegómenos, una ciudad-tipo como Sevilla casi no pasaba de sus murallas, con el Prado de San Sebastián lleno de vacas, cabras, ovejas…, con la “logística” propia en la modalidad de abrevadero. Próxima está el final de la restauración del cimborrio catedralicio, a causa del hundimiento de 1888, año en que llegan los restos de Colón, ante la inminente pérdida de Cuba, ya consumada. El mausoleo catedralicio se instalaría en 1902. España, por otra parte, vende a Alemania las islas Carolinas, Marianas y Palaos. Llegan los primeros tranvías eléctricos a esta ciudad elegida, Sevilla, el último año del siglo XIX, ardiendo el paso de la Virgen de Montserrat por la calle Murillo, comenzando la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, naciendo la costumbre, o tradición, de colocar tras las puertas de las viviendas, consistente en una chapita metálica clavada con cuatro puntillas. En 1901 se inaugura la estación ferroviaria de Plaza de Armas. También se produce la caída de un cable telefónico sobre otro de la red tranviaria, yendo sendos a parar encima de una mula, carbonizándose ésta y, simultáneamente, todos los teléfonos de la ciudad se bloquearon. Todo esto nos vale para ambientar la llegada de los automóviles al nuevo siglo. El primer coche que llegó a nuestro país (Asturias, 1891) fue un Panherd Levassor importado de Francia. No fue hasta el año 1900 cuando se empezó a regular el sistema de matrículas. Tuvieron que pasar nueve años desde la llegada del primer automóvil a España para que naciera una forma de regular su existencia. El primer coche matriculado en España fue un Clement con matrícula “PM-1”, que pertenecía a José Sureda. En Sevilla ya circulaban varios vehículos a motor por sus calles desde 1898, pero hasta 1905 no sería matriculado el primero de ellos. Se trataba del Renault de don Vicente Turmo Romera, que, como no podía ser de otra manera, le correspondió la matrícula SE-1.

Desde la derrota de 1898, España estaba sin escuadra, no botándose el primer barco, entiéndase en la Marina de guerra, hasta 1912. Las tropas españolas que guarnecían Cuba, antes de 1898, se encontraban, camino de terminar el siglo, vivaqueando por la isla. Quedan muchos datos en el tintero cerca de la época en que en automoción comenzarían los anunciados prolegómenos del florecimiento de la traslación humana. Ya en su momento quedó advertido que el término automóvil nació para distinguir los vehículos a motor de los de tracción animal.

Grandioso Hispano-Suiza, de los primeros vehículos en matricularse en España

En la primera década del siglo XX la gente empieza a ver al automóvil como algo útil y sin sobresaltos, aunque un tío abuelo del autor, cuando divisó el primero, se creía que era un bicho de enormes proporciones, a lo que procede apostillar que no se trataba precisamente de ningún pardillo, pues era catedrático por partida doble. Ya en 1900 se fabricaban automóviles “a gran escala” (que no en serie) en Francia (Louis Renault) y los Estados Unidos de Norteamérica (Henry Ford), y otros fabricantes, naturalmente entre los más antiguos, como Panhard (1889), Armand Peugeot (1891), Mercedes-Benz, Tatra, Adam Opel, Skoda, Buick, André Citroën, Fiat, Oldsmobile y Cadillac, más tarde la General Motors. Entre los innovadores están el propio Henry Ford, Henry Roice, Ettore Bugatti...

Esta furgoneta de 1 TM de carga y 7 CWT fue la adacpatación del famoso Ford T para el transporte comercial

El primer híbrido de la historia data de 1900, en que se vendieron 300 unidades hasta 1906. Su marca, Lohner Porsche Semper Vivus. En 1901, Oldsmobile sale con el “Curved Dash”, haciendo el primer año 425 coches, estando a la venta hasta 1904. Hispano Suiza saca modelo en 1902, con motor bicilíndrico de 10 CV, que derivaba de “La Cuadra”, empresa que quebró, pasando a manos de José María Castro.

En Septiembre/octubre de 1972, regresa este autor del Sáhara, y encuentra una noche en TVE, un nuevo programa titulado “Divertido siglo”, en que narraban, año a año, desde que comenzó el XX.

El Ford T, un icono

Creo que fue en el programa dedicado a 1903 donde se repasaban, a ritmo de cuplé o pasodoble, todos los inventos conseguidos hasta el momento, llamando la atención el cuplé dedicado al automóvil, con su curiosa letra que incluía la frase “no hay que decir arre, no hay que decir sooo”, y la parte donde decía “no utiliza caballos, ni mulas, ni trole, ni ná”.

El año 1907 se convirtió en referencia en los vehículos de alta gama, de entonces, la citada anteriormente Hispano Suiza, con modelos de 20 y 40 CV, que alcanzaban los 100 kilómetros hora en llano. La producción y avances fueron en alza, y en 1908 ya había fabricado 200 automóviles de varias series.

El DKW F1, el primer vehículo con tracción delantera que se comercializó de forma masiva, no llegó hasta 1931

Finalmente, en 1908 aparece el mítico y ya aludido Ford T, el primer modelo construido en serie, aunque en condiciones todavía muy artesanales, que merece ser tratado en un capítulo individual, como los que siguieron debutando y evolucionando con los nuevos tiempos.

Francisco Glez. Del Piñal Jurado

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