Ford A: Común a todos los coleccionistas

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Nos referiremos en el capítulo de hoy al segundo gran éxito de la marca Ford, tras el mítico modelo T.

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El Ford T, legendario vehículo que sería conocido también como Ford de pedales, o Ford bigotes, debido a las dos palanquitas que llevaba debajo del aro del volante, y al que nos referiremos próximamente en estas mismas páginas. Si el “padre” del Ford A fue el Ford T, el sucesor de aquel sería el Ford B.

Caravana de Ford A que dieron la I Vuelta a la península Ibérica

Aparecido el 20 de octubre de 1927, se trata de un vehículo bastante común en los coleccionistas, y por ello es frecuente en las concentraciones de un grupo de aficionados y coleccionistas, muchas veces lo hagan en base al Ford A, al ser un vehículo común a casi todos, o buena parte, de los participantes (se dice que raro es el coleccionista, sobre todo de los “veteranos”, propietario de varios vehículos históricos, que no tenga un Ford A).

Tuvo este vehículo varios modelos y en varios estilos: versión Standard Tudor (el más vendido era un sedán de 2 puertas, llegando luego el de 4 puertas), cabriolet, camioneta, coupé, descapotable, estanciera, phaeton, roadster, victoria…

Originalmente el Ford A disponía de cilindrada de 3285 centímetros cúbicos, 4 cilindros, y 40 CV de potencia. La caja de cambios era de 3 velocidades, amortiguadores hidráulicos, sistema de frenado en las 4 ruedas, las que, por cierto, eran de radios de varilla, llevando también limpiaparabrisas, indicador de gasolina y amperímetro, convirtiéndose también en muy popular en su época este nuevo lanzamiento de Ford Motor Company (no solo en los Estados Unidos, pues también lo fabricaría en Berlín, Buenos Aires, Detroit...), y muy habitual entre los conservadores de estas joyas históricas, como se ha dicho.

Un miembro de mi propia familia tuvo, en diferentes épocas, dos ejemplares, standard de dos puertas, la matrícula J-3801 de 1928, y el M-40401 de 1931, que había pertenecido en su primera vida a la legendaria marca de ascensores “Boeticher y Navarro, S.A.”. Mi familiar lo rescató en 1961 en un cortijo de la provincia de Sevilla, abandonado a su suerte y convertido en improvisado gallinero, con nido de ratones incluido. Sería puesto a punto, funcionando en su finca “La Vespona”, término de Aznalcóllar (Sevilla), varios años hasta casi finales de los años 60, del siglo XX, en que ya se hizo mayor y dejó de utilizarlo. A mediados de los años 20 del siglo XX, la compañía Ford se resentía ante la pérdida de liderazgo, susceptible de ser así ante la General Motors, a través de Chevrolet, en que hacía fuertes inversiones en investigación, algo naturalmente obvio, para no quedarse atrás; todo ello, no exento de avatares familiares, defendiendo cada cual su propia economía, porque, claro, hay que plantearse periódicamente la supervivencia de la industria ante un mundo cambiante, “renovarse o morir”.

En el baile de la competencia ocurrió, como no podía ser de otra manera, que hay que espabilar, no dormirse en los laureles, para que no te arrastre la corriente. Así que, epílogo: En las postrimerías de 1928 el reciente Chevrolet, con motor de 6 cilindros, destronaría al Ford A, a la cabeza de ventas; pasando al tercer lugar de la tabla el Plymouth (Chrysler). Las luchas por la conquista del mercado son así. En cualquier caso, a la Ford Motor Company no le iba mal, pues a término de 1929 había facturado unas ventas del 34% de todo el mercado norteamericano.

Francisco Glez. Del Piñal Jurado

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