Mira, por ahí van de nuevo esos pájaros, el mismo volar pero en sentido contrario. A veces recuerdo cuando hacía este sol. Pues a mí me gustaba más el frio. Dicen que los coches ahora hablan, algo así como la conectividad. 

Hoy nos abre las puertas de su garaje clásico, el joven, pero no novato, Don Óscar Álvarez Acuña, que desde los ocho años ya competía en las pistas Karting de Tenerife, fiel seguidor de la afición del motor, siendo su padre Don Antonio Álvarez, del cual dice haberlo aprendido todo, desde restaurar hasta pilotar una maquina, quien lo formo y al cual desde estas líneas quiere agradecer toda su ayuda y apoyo, pues  desde muy corta edad supo aprovechar esta sana devoción, compartiendo y dando fe de casi todo ello, su exposición particular donde atesoran celosamente, fotos, diplomas, libros, trofeos, catálogos, maquetas, carteles y demás  enseres  relacionados con esta materia.

La sociedad de consumo que ha convertido al mundo en un dominguero mercadillo, imponiendo como modelo humano la rápida compraventa de lo que en muy poco tiempo se convierte en obsoleto, antiguo y de poco valor, necesitando para constituirse y precisando para subsistir una acción que anime el ansia y la gula del consumismo, haciendo que, lo algunas veces inútil o innecesario, resulte duradero y haga desear su posesión, anestesiando con un bombardeo de publicidad lo infelices que seriamos, si no tenemos esa novedad, que promete ser la salvación de nuestra ansiada sed de felicidad.

Hace ya algunos años, concretamente en junio de 2012 Don Francisco Domínguez Hernández tuvo la gentileza de enseñarnos su garage clásico en esta revista (Autofoto nº 190), el tiempo pasa, y su colección ha tenido algunos cambios, pocos pero muy significativos.

“Honra merece, quien a los suyos parece”. Este oportuno y popular refrán bien podía ser el título de una vida de empeño, superación y como no, de una saga familiar de pasión por el motor, que comienza con el Abuelo Lise Giro, cuando despuntando el siglo XX aparecen unos ingenios mecánicos capaces de sustituir a los carros tirados por caballos.

PRESOS EN LA CÁRCEL DE CAMPOS DEL RÍO (MURCIA) CONSTRUYEN UN BISCÚTER A ESCALA. Pese a la falta de herramientas adecuadas en cumplimiento de las estrictas normas de seguridad

Hola, soy Jaime León de Tarragona (“Layon” para los amigos), y os voy a contar un poquito la historia de mi R8 alias Willy Way. Desde niño siempre quise tener este coche, me llamaba la atención por su personalidad, lo veía en carreras de mi pueblo de autocross y me encantaba. Llevaba mucho tiempo detrás de uno pero no me convencían porque ya estaban terminados y yo lo quería hacer a mi gusto desde 0, no sabía dónde me metía…

En la línea de los llamados clásicos populares, el Renault 4 es un destacado emblema automovilístico de la industria gala, reconocido mundialmente, pues supo hacerse un sitio durante 31 años (1961-1992) como un conceptual utilitario, no solo para uso familiar sino también como vehículo multiuso dentro de sus capacidades (comercial, agrícola, reparto, etc). El Renault 4 (conocido popularmente como Cuatro L, Cuatro latas, Renoleta, Chivoleta, R4, 4Lobbo y seguro que alguno más que se me escapa) es un utilitario producido por el el equipo de diseño capitaneado por Robert Barthaud, que realizó un esfuerzo considerable, tanto en su mecánica (recordemos su novedosa tracción delantera, suspensión y refrigeración) como en su diseño y por supuesto un precio asequible, compitiendo con otro monstruo entre los populares de la época como lo era el Citroën 2CV.

Si las concentraciones de vehículos históricos suelen revelar sorpresas, la concentración de Casasimarro (Cuenca) me reservó una que me fue muy grata.

“Fue mi primer coche y se lo compré con mi primer préstamo (500.000 pts) en 1996 a un antiguo futbolista de primera división. Mi flamante escarabajo y yo hicimos juntos nuestros primeros viajes, llevé a mi hermana y a mis mejores amigos el día de su boda, y solamente nos separamos cuando me marché a trabajar a Inglaterra, fue entonces cuando lo dejé bien tapado en una garaje en Burgos en el año 2.000 con la promesa de que algún día lo restauraría”

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